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cap 4 Miedo, soledad y abandono

27 sept
8 min de lectura












VERDADES DEL ALMA

CAPÍTULO 04 — MIEDO, SOLEDAD Y ABANDONO

Hay personas que tienen miedo de quedarse solas.

Y hay otras que tienen miedo de descubrir lo que sienten cuando están solas.

Por eso buscan compañía todo el tiempo. Una pareja, un amigo, una llamada, un mensaje, alguien que esté ahí. No siempre porque amen profundamente, sino porque necesitan escapar de algo que les duele cuando se quedan a solas consigo mismas.

Y esta verdad puede ser incómoda:

A veces no extrañamos a una persona. Extrañamos lo que esa persona hacía para que nosotros no tuviéramos que enfrentarnos con nosotros mismos.

Cuando esa persona se va, el silencio comienza a hablar.

Y no siempre nos gusta lo que escuchamos.

CUANDO ALGUIEN SE VA

Imagina a una persona que acaba de terminar una relación.

Durante días dice:

“Yo no puedo vivir sin él.”

“Yo no puedo estar sin ella.”

Lo llama.

Le escribe.

Revisa el teléfono.

Espera un mensaje.

Recuerda cada momento.

Se pregunta qué hizo mal.

Se pregunta por qué la dejaron.

Pero una noche sucede algo diferente.

Deja el teléfono sobre la mesa.

No llama.

No escribe.

No busca.

Se queda sola.

Y por primera vez empieza a descubrir algo que quizá nunca había querido aceptar.

No solamente extrañaba a esa persona.

Extrañaba sentirse elegida.

Extrañaba sentirse importante.

Extrañaba sentir que alguien estaba ahí.

Porque cuando esa persona se fue, no solamente terminó una relación.

También desapareció una sensación de seguridad que había puesto en manos de alguien más.

Y entonces aparece una pregunta que puede doler:

¿Cuánto de lo que llamamos amor es realmente amor y cuánto es miedo a quedarnos solos?

EL MIEDO NO SIEMPRE PARECE MIEDO

El miedo no siempre se presenta temblando.

A veces el miedo grita.

Pero otras veces controla.

Pregunta.

Exige.

Reclama.

Cele.

Castiga con silencio.

Se hace la víctima.

Se vuelve indiferencia.

Y algunas veces...

se disfraza de amor.

“Lo hago porque me importas.”

“Quiero saber dónde estás porque me preocupo.”

“Te pregunto porque te amo.”

Pero debajo de todo eso puede existir otra frase:

“Tengo miedo de perderte.”

Y debajo de esa puede haber otra todavía más dolorosa:

“Tengo miedo de no ser suficiente para que te quedes.”

Ahí está el problema.

Porque cuando una persona vive con miedo de perder a alguien, puede comenzar a hacer cosas que terminan destruyendo precisamente aquello que quería conservar.

Quiere que el otro se quede...

y termina asfixiándolo.

Quiere sentirse amado...

y exige pruebas todo el tiempo.

Quiere seguridad...

y comienza a controlar.

Quiere evitar que lo abandonen...

y termina convirtiendo la relación en una cárcel.

“TODOS TERMINAN ABANDONÁNDOME”

Hay personas que dicen:

“Todos terminan dejándome.”

Pero pocas veces se detienen a preguntarse:

“¿Qué hago yo para evitar que me abandonen?”

¿Controlas?

¿Exiges?

¿Desconfías?

¿Revisas?

¿Haces escenas?

¿Te enojas cuando no contestan inmediatamente?

¿Te alejas para ver si te buscan?

¿Amenazas con terminar para comprobar si les importas?

¿Provocas problemas solamente para comprobar que todavía están ahí?

Eso también es miedo.

Y el miedo, cuando no lo reconocemos, puede terminar haciendo exactamente aquello que más tememos.

Puedes tener tanto miedo de perder a alguien que termines cansándolo.

Puedes exigir tanto amor que termines haciendo que la otra persona deje de sentirse libre.

Puedes querer tanta seguridad que conviertas cada conversación en un interrogatorio.

Y cuando finalmente esa persona se aleja...

puedes decir:

“¿Lo ves? Otra vez me abandonaron.”

Pero quizá esta vez tienes que hacerte una pregunta diferente:

“¿Qué parte de lo que hice también tuvo algo que ver con lo que terminó ocurriendo?”

No para echarte toda la culpa.

Para reconocer tu parte.

Porque reconocer tu parte no te hace culpable de todo.

Te hace responsable de lo que sí puedes cambiar.

TAMBIÉN EXISTE EL OTRO EXTREMO

Pero no todos reaccionan controlando.

Hay personas que hacen exactamente lo contrario.

Se acostumbraron tanto a que las cosas terminaran que deciden no necesitar a nadie.

“No necesito a nadie.”

“Yo puedo solo.”

“Me da igual si se van.”

“No vuelvo a confiar.”

Parece fortaleza.

Pero algunas veces es miedo disfrazado de independencia.

Porque si nadie entra...

nadie puede abandonarte.

Si nunca confías...

nadie puede decepcionarte.

Si nunca amas completamente...

nadie puede romperte el corazón.

El problema es que para evitar el dolor...

también puedes terminar evitando el amor.

Y entonces construyes una vida donde nadie puede hacerte daño.

Pero tampoco nadie puede realmente acercarse.

LA SOLEDAD

La soledad es una palabra que mucha gente quiere evitar.

Pero estar solo no siempre significa estar abandonado.

Puedes estar rodeado de personas...

y sentirte completamente solo.

Puedes dormir junto a alguien...

y sentir un vacío enorme.

Puedes tener cientos de contactos en el teléfono...

y no tener a quién contarle la verdad.

Puedes sonreír durante todo el día...

y llegar a tu casa por la noche...

y sentir que nadie sabe realmente quién eres.

Porque la soledad más profunda no siempre aparece cuando nadie está contigo.

A veces aparece cuando estás contigo...

y no sabes qué hacer con la persona que eres.

Por eso algunas personas llenan cada espacio de su vida.

Trabajo.

Televisión.

Redes sociales.

Fiestas.

Conversaciones.

Relaciones.

Problemas ajenos.

Cualquier cosa sirve...

con tal de no quedarse a solas con sus pensamientos.

Pero tarde o temprano el ruido se acaba.

Y cuando el ruido se acaba...

quedas tú.

Sin distracciones.

Sin excusas.

Sin alguien a quien culpar.

Sin alguien a quien perseguir.

Sin alguien a quien rescatar.

Solamente tú.

Y ahí comienza una conversación que puede ser mucho más difícil que cualquier discusión con otra persona:

“¿Quién soy cuando nadie me está mirando?”

¿A QUIÉN ESTÁS INTENTANDO CONVENCER?

Quizá has pasado años intentando que otras personas te den algo que tú todavía no sabes darte.

Seguridad.

Valor.

Aceptación.

Reconocimiento.

Tranquilidad.

Amor.

Y ninguna persona puede cargar para siempre con esa responsabilidad.

Una pareja no puede convertirse en tu razón para existir.

Un hijo no puede cargar con todos tus vacíos.

Un amigo no puede ser responsable de que tú te sientas valioso.

Otra persona puede acompañarte.

Puede quererte.

Puede abrazarte.

Puede caminar contigo.

Pero no puede vivir dentro de ti para evitar que tengas miedo.

Por eso hay una pregunta que vale la pena hacer:

¿A quién estás intentando convencer de que se quede?

¿A una pareja?

¿A un amigo?

¿A alguien de tu familia?

¿A alguien que ya se fue?

¿A alguien que nunca te eligió realmente?

¿A alguien que solamente te da pequeñas muestras de cariño y tú conviertes esas migajas en esperanza?

Y ahora viene una pregunta todavía más dura:

¿Cuánto de ti has perdido intentando que alguien no te pierda?

EL ABANDONO DE UNO MISMO

Existe una forma de abandono de la que casi nadie habla.

Abandonarte a ti mismo.

Te abandonas cuando traicionas lo que piensas para que alguien no se enoje.

Te abandonas cuando aceptas lo que sabes que no deberías aceptar solamente porque tienes miedo de quedarte solo.

Te abandonas cuando callas todo lo que necesitas decir.

Te abandonas cuando permites que alguien cruce tus límites una y otra vez.

Te abandonas cuando aceptas desprecio porque piensas que estar acompañado es mejor que estar solo.

Te abandonas cuando dejas de ser tú para convertirte en la persona que alguien más quiere tener.

Y quizá llevas tanto tiempo preocupado porque otros no te abandonen...

que no te has dado cuenta de que tú llevas años abandonándote.

Eso duele.

Pero también puede ser el comienzo de algo diferente.

Porque cuando finalmente lo reconoces...

puedes empezar a volver a ti.

NO TODO LO QUE SOPORTAS ES AMOR

Hay personas que soportan mentiras.

Faltas de respeto.

Indiferencia.

Desprecio.

Desinterés.

Promesas que nunca se cumplen.

Y cuando alguien les pregunta por qué siguen ahí...

responden:

“Porque lo amo.”

Pero quizá la pregunta correcta sea:

“¿Lo amas... o tienes miedo de estar solo?”

Porque no todo lo que soportamos por amor es amor.

A veces es miedo.

A veces es necesidad.

A veces es costumbre.

A veces es desesperación por no volver a sentir aquel vacío que alguna vez sentimos.

Amar a alguien no significa permitir que esa persona destruya tu dignidad.

Y estar solo no significa que hayas fracasado.

A veces estar solo puede ser mucho más sano que permanecer acompañado de alguien que te obliga a dejar de ser tú.

UNA PREGUNTA DIFÍCIL

Ahora detente.

Piensa en una persona que te dé miedo perder.

Y pregúntate:

¿Qué es exactamente lo que temo perder?

¿A esa persona?

¿Su compañía?

¿Su cariño?

¿La vida que imaginé con ella?

¿O temo descubrir quién soy cuando esa persona ya no esté?

Después pregúntate:

¿Qué creo que significaría sobre mí que esa persona decidiera marcharse?

Tal vez piensas:

“No fui suficiente.”

“No valgo.”

“Alguien más fue mejor que yo.”

“Nadie va a quererme.”

“Siempre terminaré solo.”

Pero que alguien se vaya no significa automáticamente que tú no valgas.

Una relación puede terminar por muchas razones.

Las personas cambian.

Las circunstancias cambian.

Los caminos se separan.

No toda despedida es un rechazo.

No todo “no” significa:

“No eres suficiente.”

APRENDER A QUEDARTE CONTIGO

Tal vez una de las cosas más difíciles de aprender es esta:

Una persona puede irse y tú puedes seguir siendo tú.

Alguien puede rechazarte...

y tu valor no desaparece.

Una relación puede terminar...

y tu vida no termina con ella.

Alguien puede no elegirte...

y eso no significa que no seas digno de amor.

Alguien puede decepcionarte...

y eso no significa que nunca volverás a confiar.

Puedes sentir miedo...

sin obedecer al miedo.

Puedes extrañar...

sin perseguir.

Puedes amar...

sin poseer.

Puedes necesitar compañía...

sin convertir a otra persona en el dueño de tu vida.

Eso es importante.

Porque la libertad no consiste en dejar de necesitar a los demás.

Consiste en poder amar a alguien sin dejar de ser tú.

JESÚS Y EL MIEDO

Desde la mirada de Jesús aparece una idea muy poderosa.

Tu valor no depende completamente de que otros te acepten.

Jesús se acercaba a personas rechazadas, heridas, solas y señaladas.

No parece decirles:

“Consigue que todos te quieran.”

Más bien los llevaba a mirar su propia vida desde otro lugar.

Y quizá hoy la pregunta que tendrías que hacer no es:

“¿Cómo hago para que esa persona no me abandone?”

Tal vez la pregunta sea:

“¿Por qué creo que si alguien se va, yo dejo de valer?”

Porque ahí está una parte importante del problema.

Quizá llevas años buscando afuera la seguridad que necesitas construir dentro de ti.

Y nadie puede hacer ese trabajo por ti.

NO PUEDES CONTROLAR QUIÉN SE QUEDA

No puedes obligar a nadie a quedarse.

No puedes controlar todos los finales.

No puedes evitar todas las pérdidas.

No puedes garantizar que nadie vuelva a herirte.

Pero sí puedes aprender algo:

No abandonarte cuando alguien más decide irse.

Puedes quedarte contigo.

Puedes respetarte.

Puedes poner límites.

Puedes pedir ayuda.

Puedes reconocer tu miedo.

Puedes llorar.

Puedes extrañar.

Puedes sentir dolor.

Y aun así...

seguir caminando.

Porque tener miedo no significa que tengas que vivir obedeciendo al miedo.

LA VERDAD MÁS DURA

Quizá llevas años preguntando:

“¿Por qué todos terminan dejándome?”

Pero tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta:

“¿Por qué sigo dejándome a mí mismo cada vez que tengo miedo de perder a alguien?”

Esa pregunta puede doler.

Pero también puede abrir una puerta.

Porque quizá el verdadero reto no sea conseguir que todos permanezcan.

Quizá sea aprender a permanecer contigo.

Cuando alguien diga que no.

Cuando alguien se vaya.

Cuando una relación termine.

Cuando alguien no te elija.

Cuando descubras que alguien que amabas no era quien tú creías.

Cuando el teléfono deje de sonar.

Cuando la casa quede en silencio.

Cuando llegue la noche...

y solamente estés tú.

Ahí tienes que aprender a decirte:

“Aquí estoy.”

“No me voy a abandonar.”

“Voy a seguir conmigo.”

PARA TERMINAR

El abandono puede haber dejado una huella.

La soledad puede haberte enseñado a temer el silencio.

El miedo puede haberte enseñado a controlar.

Pero ninguna de esas cosas tiene que convertirse en tu identidad.

Tú no eres la persona que te abandonó.

No eres aquella relación que terminó.

No eres el rechazo que recibiste.

No eres el vacío que alguien dejó.

No eres el miedo que sentiste.

Eres también la persona que hoy puede mirar todo eso...

y decidir qué va a hacer con ello.

Quizá algunas personas se irán.

Quizá algunas historias terminarán.

Quizá algunas puertas se cerrarán.

Y sí...

va a doler.

Pero no toda despedida significa que fuiste insuficiente.

No todo final significa fracaso.

Y no toda soledad significa abandono.

A veces simplemente la vida cambia.

Y tú tienes que aprender a permanecer contigo cuando alguien más decide marcharse.

Porque al final...

la pregunta no es:

“¿Cómo hago para que nadie me abandone?”

La pregunta es:

“¿Cómo aprendo a no abandonarme yo?”

Y quizá...

esa sea una de las primeras formas de libertad.

Porque mirarte por dentro también es un acto de valentía.



 
 
 

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