EL HOMBRE QUE QUISO GOBERNAR

Hay personas que creen que una vida ingobernable es aquella que está llena de problemas, de excesos, de decisiones equivocadas y de consecuencias visibles. Piensan que la ingobernabilidad se reconoce fácilmente: una persona que pierde el trabajo, que destruye una relación, que se mete en problemas, que no puede controlar sus impulsos o que vive tomando decisiones que después lamenta.
Pero existe una ingobernabilidad mucho más peligrosa.
Una que se viste bien.
Una que trabaja.
Una que paga sus cuentas.
Una que tiene autoridad.
Una que habla con seguridad.
Una que incluso puede ser admirada por los demás.
Es la ingobernabilidad del hombre que cree que siempre tiene la razón.
El que nunca escucha porque ya tiene una respuesta.
El que no acepta consejos porque interpreta cualquier observación como una ofensa.
El que confunde carácter con dureza, liderazgo con imposición, libertad con hacer lo que quiere y fortaleza con no necesitar de nadie.
Ese hombre puede tener su casa en orden y su corazón completamente fuera de control.
Porque gobernar una vida no significa controlar las circunstancias.
Significa aprender a gobernarse uno mismo.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Hay personas que quieren gobernar a sus hijos, a su pareja, a sus empleados, a sus amigos, a su familia y hasta a Dios. Quieren decidir cómo deben comportarse los demás, qué deben pensar, qué deben hacer y hasta cómo deberían responderles.
Pero cuando llega la noche y se quedan solos, descubren una verdad que durante el día logran esconder:
No pueden gobernar su enojo.
No pueden gobernar su orgullo.
No pueden gobernar sus impulsos.
No pueden gobernar sus palabras.
No pueden gobernar sus pensamientos.
No pueden gobernar sus resentimientos.
No pueden gobernar su necesidad de tener la última palabra.
Y entonces aparece una paradoja dolorosa:
quieren gobernar el mundo porque no han aprendido a gobernar su propio corazón.
La ingobernabilidad no siempre consiste en hacer cosas extraordinarias.
A veces consiste en repetir las mismas cosas esperando resultados diferentes.
Discutir de la misma manera.
Elegir al mismo tipo de personas.
Responder con la misma agresividad.
Tomar las mismas decisiones.
Justificar los mismos errores.
Prometer los mismos cambios.
Y volver a caer en el mismo lugar.
La persona ingobernable puede tener una explicación para todo.
“Así me hicieron.”
“Yo reaccioné porque me provocaron.”
“Si hubiera sido más inteligente, no me habrían engañado.”
“Yo solamente estaba defendiendo lo mío.”
“Todos me tienen envidia.”
“Yo soy así.”
Y quizá algunas de esas cosas sean parcialmente ciertas.
Pero hay una pregunta que puede destruir todas las excusas:
¿Y tú qué hiciste con aquello que te hicieron?
Porque una cosa es lo que la vida puso en tus manos y otra muy diferente lo que tú decidiste hacer con ello.
No elegiste todas tus heridas.
Pero sí puedes decidir qué harás con ellas.
No elegiste todas las traiciones.
Pero sí puedes decidir si convertirás la traición en resentimiento permanente.
No elegiste todas las injusticias.
Pero sí puedes decidir si pasarás el resto de tu vida justificando tu propia crueldad porque alguien alguna vez fue cruel contigo.
Y aquí aparece una de las trampas más sofisticadas de la ingobernabilidad:
convertir nuestras heridas en permisos.
“Como me hicieron daño, tengo derecho a hacer daño.”
“Como me abandonaron, puedo abandonar.”
“Como me humillaron, ahora nadie volverá a humillarme.”
“Como alguna vez fui débil, ahora tengo que demostrar que soy invencible.”
Y así comienza una vida gobernada por la reacción.
La persona cree que está tomando decisiones.
Pero muchas veces solamente está reaccionando a su pasado.
Su padre habló de determinada manera y ella aprendió a defenderse atacando.
Su madre fue controladora y ella aprendió a controlar.
La vida le enseñó que confiar era peligroso y ahora sospecha de todo el mundo.
La humillaron y ahora necesita demostrar constantemente su superioridad.
La abandonaron y ahora abandona antes de ser abandonada.
Y lo más triste es que termina llamando personalidad a lo que muchas veces solamente es una herida que nunca fue atendida.
Eso también es ingobernabilidad.
Porque una persona puede estar caminando por la vida con cuarenta años de edad y seguir siendo gobernada por una herida que ocurrió cuando tenía diez.
El cuerpo creció.
La herida no.
Por eso hay hombres adultos reaccionando como niños heridos.
Hay mujeres adultas huyendo de situaciones que pertenecen al pasado.
Hay personas con enormes capacidades intelectuales tomando decisiones emocionales completamente destructivas.
Y entonces debemos hacernos una pregunta incómoda:
¿Quién está gobernando mi vida?
¿Mi conciencia?
¿Mis valores?
¿Mi fe?
¿Mi razón?
¿O mi miedo?
¿Mi orgullo?
¿Mi resentimiento?
¿Mi necesidad de aprobación?
¿Mi necesidad de tener la razón?
¿Mi deseo de demostrarle algo a alguien?
Porque aquello que determina constantemente nuestras decisiones termina convirtiéndose, de hecho, en nuestro gobernante.
Y quizá aquí esté la parte más dura:
una persona puede ser esclava mientras presume de libertad.
Puede decir:
“Yo hago lo que quiero.”
Pero si no puede detenerse cuando quiere detenerse, no es libertad.
Si no puede pedir perdón cuando sabe que se equivocó, no es libertad.
Si necesita ganar todas las discusiones, no es libertad.
Si necesita controlar a los demás para sentirse segura, no es libertad.
Si necesita destruir una relación antes de sentirse vulnerable, no es libertad.
Si no puede decir “no sé”, no es libertad.
Si no puede decir “me equivoqué”, no es libertad.
Eso no es poder.
Es esclavitud con una buena presentación.
Y muchas veces la vida termina haciendo lo que nosotros no quisimos hacer voluntariamente:
ponernos en nuestro lugar.
No necesariamente como castigo.
A veces como último recurso.
La vida comienza quitando pequeñas cosas.
Una relación.
Una oportunidad.
Una amistad.
Una confianza.
Una persona que se cansó.
Una puerta que ya no vuelve a abrirse.
Después llegan consecuencias mayores.
Y un día el hombre que estaba acostumbrado a decir:
“Yo puedo solo”
descubre que está solo.
Entonces aparece el silencio.
Y en el silencio ya no hay a quién impresionar.
Ya no hay discusión.
Ya no hay público.
Ya no hay culpables.
Solo queda uno mismo frente al espejo.
Y quizá ese sea el momento más importante de toda una vida.
Porque cuando finalmente dejamos de preguntarnos:
“¿Quién tuvo la culpa?”
y comenzamos a preguntarnos:
“¿Qué parte de esto me corresponde?”
algo comienza a cambiar.
No porque de pronto podamos controlar la vida.
Sino porque comenzamos a aceptar algo que durante mucho tiempo nos resistimos a aceptar:
no somos dueños de todo lo que ocurre, pero somos responsables de cómo respondemos.
Gobernarse no significa nunca enojarse.
Significa no permitir que el enojo tome decisiones por nosotros.
Gobernarse no significa no sentir miedo.
Significa no permitir que el miedo conduzca nuestra vida.
Gobernarse no significa nunca equivocarse.
Significa tener la humildad de reconocerlo.
Gobernarse no significa tener siempre la razón.
Significa amar la verdad más que nuestro orgullo.
Y quizá la verdadera madurez comience precisamente ahí:
cuando dejamos de intentar demostrar que somos fuertes y empezamos a tener el valor de reconocer dónde somos débiles.
Porque hay una fuerza mucho mayor que imponerse:
saber detenerse.
Hay una victoria mucho más difícil que vencer a otro:
vencerse a uno mismo.
Y existe una forma de libertad que casi nadie celebra porque no hace ruido:
levantarte frente a tu propio impulso y decir:
“No.”
No voy a responder así.
No voy a volver ahí.
No voy a destruir esto.
No voy a humillar.
No voy a mentir.
No voy a justificarme.
No necesito tener la última palabra.
No necesito demostrar que soy mejor.
Hoy voy a elegir diferente.
Eso es gobernabilidad.
No controlar la vida.
Aprender a gobernar el lugar desde donde enfrentas la vida.
Y quizá algún día podamos mirar hacia atrás y comprender que aquella etapa en la que todo parecía desmoronarse no fue el final.
Fue el momento en que dejamos de gobernar a los demás…
para comenzar, por fin,
a gobernarnos nosotros mismos.
Porque cuando el hombre acepta que no puede controlar el mundo, pero sí puede comenzar a transformar su manera de vivirlo, ocurre algo extraordinario:
la vida deja de ser una batalla permanente contra todo lo que no obedece…
y comienza a convertirse en una responsabilidad.
Y entonces ya no necesitas demostrar que tienes la razón.
Te basta con vivir de tal manera que tu vida pueda hablar por ti.
Porque al final…
la persona verdaderamente gobernable no es la que controla todo.
Es la que, cuando descubre que está equivocada,
tiene la humildad de detenerse,
la valentía de reconocerlo,
la sabiduría de aprender,
y el amor suficiente para cambiar.






Me encantó habla mucho de mi MuchasGracias