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La última oportunidad para volver atrás 4

23 jul
3 min de lectura



Toda caída tiene un momento en el que todavía puedes regresar. El problema es que casi nadie reconoce ese momento cuando lo está viviendo."

Aquella mañana desperté debajo de un puente.

No recordaba cómo había llegado.

Tenía la ropa sucia.

Las manos temblaban.

La boca seca.

Y un vacío en el estómago que ya no era hambre.

Era desesperación.

Me levanté como pude.

Revisé mis bolsillos.

Nada.

Ni una moneda.

Ni un cigarro.

Ni un amigo.

La adicción tiene una regla cruel.

Mientras tienes dinero, estás rodeado de gente.

Cuando se termina...

Descubres que nunca fueron amigos.

Solo eran compañeros de destrucción.

Caminé durante horas.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

Mi cabeza solo repetía una frase.

"Necesito conseguir dinero."

No decía:

"Necesito cambiar."

No decía:

"Necesito pedir ayuda."

No.

Solo repetía:

"Necesito dinero."

Y comprendí algo años después.

La adicción cambia el diccionario del alma.

Donde antes decía amor...

Ahora decía consumo.

Donde antes decía familia...

Ahora decía utilidad.

Donde antes decía Dios...

Ahora solo existía el silencio.

Mientras caminaba por la calle vi a una madre tomar de la mano a su hijo pequeño.

El niño sonreía.

Corría.

Jugaba.

Entonces recordé una escena de mi infancia.

Mi abuelita cruzándome la calle para llevarme a la escuela.

Yo le apretaba la mano con fuerza porque tenía miedo de los carros.

Ella siempre decía:

—No te preocupes.

Mientras yo te lleve de la mano, nada malo va a pasar.

Me quedé inmóvil.

Por un instante pensé en regresar.

En tocar la puerta de mi casa.

En abrazarla.

En decirle:

"Perdóname... ya no puedo solo."

Era una puerta que todavía seguía abierta.

Todavía.

Pero la voz de mi conciencia duró apenas unos segundos.

La desesperación volvió a gritar más fuerte.

Seguí caminando.

Sin saberlo...

Acababa de darle la espalda a la última oportunidad que la vida me estaba poniendo enfrente.

A veces creemos que Dios deja de hablarnos.

No es cierto.

Dios sigue hablando.

Lo que pasa es que el ruido de nuestras cadenas termina ahogando Su voz.

Aquella tarde me encontré con personas que conocían mi desesperación.

No me ofrecieron una salida.

Me ofrecieron un atajo.

Y los atajos...

Casi siempre terminan en precipicios.

No preguntaron quién era.

No les interesó mi historia.

Solo vieron a un joven roto, desesperado y dispuesto a hacer cualquier cosa por unas cuantas monedas.

Ese fue el momento más peligroso de toda mi vida.

No cuando me faltó dinero.

No cuando me faltó comida.

Sino cuando dejé de preguntarme si algo estaba bien o estaba mal.

Solo me preguntaba...

"¿Qué tengo que hacer?"

Y cuando un hombre deja de escuchar a su conciencia...

Comienza a obedecer cualquier voz.

Incluso las que lo conducen a su propia ruina.

Aquella noche acepté caminar por un sendero del que ya no sería fácil regresar.

No imaginaba que una sola decisión cambiaría mi historia para siempre.

Y tampoco imaginaba que, mientras yo caminaba hacia la oscuridad...

Mi abuelita estaba de rodillas.

Orando.

Pronunciando mi nombre entre lágrimas.

Ella no sabía dónde estaba.

Pero Dios sí.

Y aunque yo ya no buscaba a Dios...

Él todavía no había dejado de buscarme.

Reflexión final

El enemigo rara vez destruye a una persona de un solo golpe. Primero le roba la esperanza. Luego le convence de que ya no tiene salida. Y finalmente le hace creer que una mala decisión es la única decisión posible. Pero mientras exista alguien que ore por ti, mientras exista un instante en el que tu conciencia todavía pueda recordar quién eras, la historia no está terminada. Porque Dios no suele llegar cuando ya no hay problemas; muchas veces llega cuando el ser humano está a un solo paso del abismo. Y ese paso... es el que puede cambiar toda una vida.




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